Otaku Hen

Otaku Hen


Brillante 08 - Hasta aquí

Posted: 27 Oct 2015 04:44 AM PDT


¡Ay, lectoras mías, comentadoras idolatradas! Tengo que admitirlo, no puedo más. Lo confieso, ¡lo confieso todo! Reconozco que siempre que publico un nuevo capítulo y leo vuestras opiniones, y ya van ocho, tengo ganas de publicar el siguiente para ver vuestros comentarios.

Así que se puede decir que la impaciencia es recíproca. XD

Me faltan manos...

El filo metálico centelleó a la luz del mediodía.

No pude verle. Yo estaba a la sombra, el individuo a contra luz... era una figura robusta. La mano trepó por su cuenta a la funda del revólver, vacía.

Tragué saliva. ¿Un paso atrás? ¡No me dio tiempo! Para cuando esta pobre desgraciada con tan buena suerte se quiso dar cuenta los nudillos de la figura se le hundían entre estómago y duodeno... o por ahí, no sé, no estoy muy puesta en anatomía.

Lógicamente, se me cortó la respiración. A Dios gracias de mi falsa barriguilla, que me ampara de forajidos salvajes. Sin embargo, tampoco me dio tiempo a doblarme ni a caer dramáticamente de rodillas, porque cada segundo de la figura parecía valer oro y no lo permitió, no fuera a hacer minutos extra. Me agarró por el pescuezo y estampó contra los ladrillos de la pared, dejándome las cervicales hechas trizas, nublándome la vista, provocando una lluvia de tres lápices, una goma y dos cajas de cerillas que cayeron como tropezándose de los bolsillos mi chaqueta. Tenía las manos grandes, fibrosas, velludas, surcadas por venas. Llevaba sombrero.

Sentí el filo contra la garganta.

- ¿Ser T...? - articulé débilmente, con miedo a toser y acabar con la tráquea al aire.

La figura liberó un ¡pfff! Vaya por Dios. Había juzgado mal al aristócrata sexualmente retorcido.

Sé qué pensarás, cándido lector: ¡oh, ahora vendrá el príncipe sin corcel a rescatarla del sicario! Permíteme desfraudarte bajándote a la tierra. Las damiselas en apuros, ya sean travestidas o no, por lo general, no reciben ayuda providencial cuando las atacan. Podría poner de ejemplo a la dilatada población femenina que sufría los efectos de la revolución industrial londinense, pero la prueba la tenía ahí mismo. Acababa de pasar una emborronada pareja junto al callejón, sus rostros difuminados habían captado la escena, y habían pasado de largo rápidamente. Otra agresión, no es asunto de nadie.

Nadie debe esperar ser rescatada cuando pinta así la cosa, así que demos gracias a que soy una española del siglo XXI con dos dedos de frente y mentalizada contra la violencia. Si bien la mente, en tal situación de vertiginosa amenaza, activa el piloto automático.

Bien, la figura era obviamente más alta y fuerte que yo, me había pillado por sorpresa, tenía a esta debilucha bien cogida y estaba a punto de matarme de una forma más que desagradable... Tenía todas las de ganar, por lo que no le preocupaba haberme dejado las extremidades libres. Le metí los dedos en los ojos.

Incómodo, repugnante, da pesadillas, pero funciona. Chilló cual cerdo herido, echó la cabeza hacia atrás, llevándose la mano a los globos oculares. Presionó el cuchillo contra mi arteria carótida. Imitando al rayo, eché la vista a sus piernas, entreabiertas. Le asesté un rodillazo en plena joya de la corona con cada gramo de la energía que el día me había dado. Cayó. Cortándome.

Salí por patas, no sin antes apartarlo de una crispada patada, escabulléndome como una rata, que es lo que se me da bien. Trastabillé, tiré un par de cajas que habían por ahí amontonadas (¡siempre hay cajas en todas partes!), pero seguí corriendo. Sin parar. Me tapé el corte con la mano, sin saber si sería poca o mucha hemorragia, rezando y resollando.

No sé cuánto corrí. Fui de callejón en callejón, de sombra en sombra, poniendo cuanta más distancia mejor. No podía regresar a la comisaría, por cerca que esta estuviera. Me harían preguntas, quizá incluso intentarían examinarme. Qué dura es la vida de la travestida.

Llegó el aciago momento en el que me era físicamente imposible correr más. Oía mis propias pulsaciones, que latían, retumbaban, vibraban dentro de los tímpanos. Los pulmones protestaban dolorosamente. ¡Cómo me bombeaba el corazón! ¿Qué hacía, qué hacía? Estaba... estaba en la parte de atrás de una taberna. A ver alrededor. Más cajas, barriles, basura. Me escondí en un barril vacío.

Allí esperé, medio alerta, medio adormilada, hasta el crepúsculo. Como finalmente disponía de algo de tiempo para examinarme a mí misma, me deshice de los guantes y palpé la herida. Parecía un mero cortecito de nada. Me preocupaba más el estómago, ¡ay! Esperaba no tener una hemorragia interna. Qué poco me gustan las hemorragias internas. Si tengo que desangrarme, quiero verlo. Así al menos una puede regodearse en ese acto heroico.

Es en momentos tales cuando una medita sobre la necesidad obligatoria de convertir la violencia en parte de tu pensamiento. Te hace cautelosa, desconfiada, alarga la esperanza de vida. Salí del barril. Chispeaba. ¡Tch! ¡Y ni me había pasado por la cabeza que las cosas no podían ir peor!

Gracias a las muchas películas que he visto a lo largo de los años, sabía muy bien que andar bajo la lluvia es el escenario ideal para reflexionar sobre la perfidia humana, de modo que lo hice. ¡Oh, ese perverso maloso y su repugnante asesino a sueldo! ¿Cómo podrían ser tan viles y retorcidos?

Anda que andarás, a mi destino logré llegar.

Sumergida en el infecto centro de los barrios bajos, encajonada entre un pequeño edificio rectangular hecho polvo y un manicomio abandonado, dormía una casita de dos pisos desvencijada y triste a la luz del ocaso. Otrora fue de un bonito verde claro, pero ahora la pintura estaba tan desconchada que apenas se vislumbraba color. Tenía los cimientos cenicientos, el tejado negro de hollín originario de la chimenea de una fábrica cercana, los cristales rotos, las tuberías enmohecidas, la puerta desencajada, el portal rebosante de hojarasca y flores podridas. Mi hogar de los suburbios.

El pecho se me inundó de amor. Ese había sido mi primer refugio, y lo seguiría siendo cada vez que, como entonces, estuviera en aprietos. Me metí los pantalones por dentro de calcetines y calzado antes de pisar la crujiente madera y trepar por la fachada. Allí no cabía el miedo. Tan solo las ratas y yo osábamos colarnos en semejante lugar, a pisar la calle bajo la mácula del asesinato y la maldición. Ni los vagabundos se resguardarían de la lluvia allí, temerosos de las almas errantes de los locos que podrían tener por vecinos.

El escondite perfecto, y era solo mío. Y de las ratas.

No sin esfuerzo trepé hasta el segundo piso, agarrándome a todo lo agarrable como a un clavo ardiendo. Intenté abrir con cuidadín mi ventana rota, luego le di una patada y se abrió sola. Esos goznes corroídos estaban para hacer bonito, lo tengo claro. La familia de roedores me recibió lanzando su alarido a la luna recién asomada al cielo, no sé si de alegría o de advertencia. Busqué en mi chaqueta.

- ¡Estoy en casa...! - susurré.

Les tiré un queso, al que se abalanzaron voraces, pobres ratitas. Lo dicho: mi chaqueta, como el cinturón de Batman. También llevaba un huevo duro (con su cáscara).

Aproveché que estaban ocupadas para descolgarme. El suelo hizo ¡cric! Me apresuré a recorrer el cuarto vacío, únicamente amueblado por un catre construido a base de sábanas miserables. Me aterrorizan las ratas. Una lástima, si no fuera por la de enfermedades que transmiten me parecerían incluso monas.

Quité de en medio las sábanas, retiré las tablas del suelo. Ahí escondía mis tesoros en maletas. En una de ellas reposaban la ropa y la mochila con que aterricé en este mal siglo y lugar. Cogí otra, rápido, rápido. La abrí, más rápido, más. Las ratas casi habían terminado. Agarré. Cerré. Escondí. Devolví el catre a su sitio. ¿Y ahora qué? Me revolví el pelo, echándomelo por la cara. Estaba húmedo. Como me resfriase me daba algo. Luego me puse el sombrero viejo de ala ancha encima. Y se me saltaron las lágrimas.

Sí, me eché a llorar, y no de una forma bonita. Hipé, gimoteé, me soné la nariz, creo que asusté a las ratas... Había tenido muchas emociones a lo largo de la jornada, qué mejor forma de descargarlas. Te lo dice una llorona consumada: nada mejor que las lágrimas para apaciguar el alma. Sobre todo si estás sola en un cuartucho con cinco generaciones de portadores de vaya una a saber qué. ¡Ay, qué sola estaba! No podía ni avisar a Gertrudis de que estaría fuera Dios sabe cuánto, qué horrible falta de móvil.

Tras el aseo emocional, solo quedó ponerse la barba falsa, la capa agujereada a golpe de polillas y destrepar lo trepado. Una vez en tierra firme, con los ojos aún llorosos y dolor en las fosas nasales, me miré en los cristales de las ventanas vecinas y me sentí muy satisfecha conmigo misma. No me veía la cicatriz, tenía pinta de enferma terminal, no podría parecerme más a otro vagabundo invisible de esta inmisericorde ciudad. Ningún maleante me reconocería.

Entonces y solo entonces me retiré la manga para contemplar mi pulsera. No me iba a servir de nada (Cristóbal estaría durmiendo a esas horas), pero me consolaba. Había huido, sabía quién me quería muerta, ¿y qué? ¿Qué podía hacer? La carrera me había costado destrozarme el traje, no podía volver a casa a cambiarme y con estas pintas no había forma de hacer frente a ser Thomas ni a nadie. Iba a tener que improvisar en cuanto me subiera el alma de los pies. De momento, a buscar otro barril donde pasar la noche.

Oí pasos.

Agudicé el oído. A caminar como un beodo se ha dicho. Ahora me caigo, ahora recupero el equilibrio, ahora me balanceo...

Los pasos venían en mi dirección. Deprisa.

¿Aquí, en la calle maldita? Uy, uy, uy, no, ni hablar. Dos ataques en un día son más de lo que puedo asumir. Los problemas, de tropecientos en tropecientos, por favor.

Pasos muy cerca, demasiado cerca...

Pues nada, a preparar la navaja como quien no quiere la cosa. Si me buscas, me encuentras, que una cobarde acorralada da más miedo que un gato mimado en el veterinario, y yo por sobrevivir...

Ya lo sentía a mis espaldas. ¡Media vuelta! ¡Cara a cara! ¡Navaja en alto! ¡AH...!

Me cogió por la muñeca armada, la diestra, fuerte, sin problema alguno, me sujetó por el hombro izquierdo, su aliento rozó mi rostro. Estaba tan cerca que solo conseguí ver sus ojos. Con eso bastaba.

- ¡Lo sabía! - anunció, triunfante.

Yo... hay que tener en cuenta que todavía tenía la garganta rota por el llanto anterior, que las cuerdas vocales no estaban en su punto, vamos, que no es que me alegrara sobremanera, que también, pero que lo dije con mucho sentimiento y... ¡diantres!

- ¡Sherlock...!

Él aflojó su agarre, probablemente sorprendido de tan excesiva demostración de alivio, y yo me hundí en sus brazos. Se quedó tieso, pero me dio igual. Abrazar es lo que más me gusta en este mundo y no había podido hacerlo desde que ocurrió esta desgracia de aterrizar aquí. A él podía abrazarlo sin importar que notase la presión de mis pechos contra su cuerpo. Lo estreché tan fuerte que podría haberle partido los huesos.

Movió los labios. Ahora bien, si articuló sonido alguno, mis tímpanos lo pasaron por alto. Separé mi cabeza de los pectorales ajenos, le miré a los ojos, y él me devolvió la mirada. Seguro que analizó el origen del blanco enrojecido que había en mis globos. Me puse de puntillas, le agarré la nuca para hacerle bajar, cosa a que se resistió hasta comprenderlo. Pegué mi boca a su oreja.

- ¿Me prestas tu bañera?

Continuará...

Un poquito de fanservice, para la prota y para ti...

Bueno, ha sido todo un poco vertiginoso, pero espero que os haya gustado. En le próximo capítulo, la explicación de cómo Sherlock ha encontrado a la leona. XD